Ver con el alma, escribir con la mirada
Fotografías y esculturas de Cecilia Salcedo

Si se piensa desde una perspectiva temporal, ha sido largo el camino recorrido por Cecilia Salcedo para integrar el conjunto de obras que presenta simultáneamente en dos sedes oaxaqueñas: el Centro Cultural San Pablo y el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. No obstante, hay un aspecto común a estos trabajos, más allá del tiempo, que nos lleva a reconocer la principal cualidad que los sustenta: la abstracción, siempre presente en las piezas de Ver con el alma, escribir con la mirada.

 

Al escoger las formas vegetales que fotografía, Cecilia Salcedo realiza un doble juego. Por una parte las hace referir su emoción al identificarlas con un estado de ánimo; por la otra, dicho estado es apenas el principio de una operación compleja, mediante la cual establece, paso a paso, elementos que conjugan diversos procesos, tanto técnicos como subjetivos, a través de los cuales su mirada se desdobla en una suerte de escritura de formas, de signos que corresponden a su mundo interior.

 

En los últimos años, además, ha llevado esta experiencia a otro formato: la escultura, retomando una vocación que poco a poco ha ido ocupando un lugar en sus creaciones, abarcando así un medio que implica el uso de la tercera dimensión, complemento ahora del espacio bidimensional de sus imágenes fotográficas.

 

El abanico temporal de Ver con el alma, escribir con la mirada, que va de la serie de flores en color, impresas en cibachrome, hasta la reciente toma de las semillas en blanco y negro, impresas digitalmente, y posteriormente a las esculturas de formas que ascienden -como los árboles desde los cuales toma las semillas o los frutos que fotografía-, nos hace atestiguar el diálogo permanente que mantiene con las cualidades del mundo orgánico vegetal, y nos lleva a confirmar que nuestro sentido del tiempo es relativo cuando se trata de observar acciones creativas, cuyos alcances no dependen del periodo invertido en ellas sino del resultado, único en cada imagen.

 

La sucesión de capas que conlleva el trabajo de Cecilia Salcedo es paralela al universo que toma como referente. Sus obras nos invitan a mirar con atención y sutileza la manera en que las formas de la naturaleza corresponden a estados del alma, es decir, a formas de conocimiento de nuestro interior, desveladas a través de la luz que inscribe (en la fotografía), o transforma (en la escultura), la materia, haciendo evidente que nuestra experiencia es un constante cambio, que precisa del lenguaje y los medios para describirse, para detenerse en un soporte que nos permita acceder a los enigmas escondidos en dichas capas.

 

No deja de ser significativo que las imágenes de Cecilia Salcedo dialoguen con un conjunto de trabajos realizados por algunas fotógrafas en México, que nos invitan a mirar y desglosar la complejidad de nuestra relación con el mundo vegetal. Basta recordar la famosa toma donde Tina Modotti hizo un acercamiento a una rosa; los árboles de Renata von Hanffstengel y Flor Garduño, ó el bosque erotizado por Alicia Ahumada, y las intervenciones en el paisaje de Lourdes Grobet y Adela Goldbard. La observación del entorno y de las correspondencias entre éste y las reflexiones o emociones que suscita, a través de todas estas obras, nos hablan de una práctica constante en el horizonte del imaginario local, que bien puede abrirse al mundo si recordamos, por ejemplo, las célebres cianotipias de Anna Atkins, precursora de la mirada desde la imagen fotográfica hacia las plantas.

 

Como Atkins, Cecilia Salcedo realiza una cuidadosa transcripción de sus observaciones acentuando el valor de la técnica, aplicando los recursos a su disposición de manera precisa. Al no decantarse por algún procedimiento en especial, la analogía de sus obras no ha de verse, por tanto, desde la materialidad de los soportes que utiliza, sino desde la manera que hace corresponder su intuición y sus conocimientos, su emoción y su mirada.

 

Alejandro Castellanos