El movimiento poético en los Huajes

En el universo oscuro emerge una luz sutil que ilumina un pedazo de vida, se siente el soplo creador que da forma a la sombra, hace visible lo invisible. Y así, en medio del gozo, surgen las semillas que danzan a un ritmo propio; son llamas de libertad.

                                                                                                               

Cecilia Salcedo, fotógrafa, oriunda de Guadalajara, Jalisco, es capaz de encontrar en la nada, la plenitud de la belleza. Durante tres años, Salcedo recolectó vainas, a las que se dio la libertad poética de llamar “huajes” y así rendir homenaje a la belleza de Oaxaca, la ciudad donde radica desde hace más de 20 años.


En sus fotografías, la penumbra se convierte en ligereza visual, es el infinito de los sueños donde nada sujeta nada. Y así, en el vaivén de la noche, una melodía hace bailar a un alma que se mueve al son de una tenue caricia, intuitiva y profunda.

Es el cuerpo femenino sensual de una vaina: tierno, volátil, ágil y libre que gira y vuela, mientras que el pulso de Cecilia late a un ritmo capaz de detener la imagen en movimiento.


Con paciencia, la fotógrafa busca el instante adecuado para enaltecer la belleza de la vaina, su obturador impone la visión estética de la artista al resaltar la expresión de las formas orgánicas. Proveniente de una generación dedicada al proceso creativo del laboratorio, Cecilia ama el misterio de revelar una placa entre lo blanco y lo negro, la luz y la obscuridad. Una vez revelado el negativo, sumerge el papel en las charolas con químicos y espera ver el nacimiento de su obra con matices y texturas. Revela así entre luces y sombras.


Cecilia además, se impone retos de una nueva era de la tecnología digital sólo para imprimir formatos grandes. Utiliza soportes novedosos y plasma sus obras para que luzcan estructuras corporales y vivientes sujetas a extensiones totalmente limpias.

Cecilia Salcedo concibe la fotografía como la elocuencia de la imagen. Su mundo es la belleza y está rodeada de ella.                                

                

Sus fotos parecen decir: “Mira lo que veo y asómbrate de la hermosura de Oaxaca”, porque detrás de estas obras se percibe el ser interior que habita en la artista que mira, dialoga y crea a partir de la luz en una ciudad particularmente bella, donde la explosión creativa está a la vuelta de la esquina: en la sutileza de sus textiles, la variedad de su comida, el brillo de sus alebrijes, los matices de sus atardeceres, las noches estrelladas, sus tierras coloridas, la arquitectura que derrocha espacios abiertos, las manos benditas de sus artesanos y artistas, la escala humana de una entidad que vibra con su intensa vida cultural y que destaca por su luz.


A través de las diferentes formas caprichosas que adquieren las vainas, Salcedo expresa las maneras en que Oaxaca pronuncia su esplendor natural: las semillas orgánicas de los huajes danzan como si su espíritu brillara en la noche y fuera el motor de un cuerpo que se eleva sin esfuerzo hacia la luz. En medio de un baile casual, en un ir y venir entre la humedad y el secado, la Naturaleza impone nuevas formas a los cuerpos que se han transformado al son de la armonía.


La artista concibe una fotografía poética con la gracia de los cuerpos. El instante que capta su lente provoca una actitud fija, casi escultórica, pero al mismo tiempo añade un gesto anterior y otro posterior que, a decir de Rubén Darío, completa así el poema de la forma por el de movimiento armonioso que cambia bellamente las líneas.


Y podemos escuchar al poeta en Las ánforas de Epicuro:


Ama tu ritmo y ritma tus acciones

bajo su ley, así como tus versos;

eres un universo de universos

y tu alma una fuente de canciones.

Así, Cecilia Salcedo capta el movimiento musical de los huajes y su amada Oaxaca en una balada con su propia cadencia que ritma con el obturador de sus versos.


María Isabel Grañén Porrúa

Oaxaca de Juárez, Oaxaca. Enero de 2017